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FECHA DE PUBLICACIÓN: noviembre 2011

María Gala, la de teléfonos:

Por Paula Delgado Labrandero

"No me gustan los móviles porque no quiero que me controlen.

Me gusta el teléfono de siempre”.

En su casa, uno de los bastiones majariegos reticentes a la engullida del desarrollo mobiliario, María Gala Sanz, más conocida como ‘Maja’ (por Majadahonda) o ‘María, la de teléfonos’, guarda con mimo su particular baúl de los recuerdos: álbumes de fotos en blanco y negro testigos de una generación recién salida del horror de la guerra, pero también del nacimiento de un tiempo de bonanza y desarrollo económico.

 

Desde los 14 años ha dedicado su vida a conectar a sus vecinos, apenas unas decenas de majariegos que cada día se saludaban y de los que todos sabían todo. “Antes nos conocíamos todos”, recuerda con anhelo. “No hacía falta que me dijeran quien llamaba, yo le reconocía por la voz”, matiza. Y es que la memoria siempre ha sido su seguro de vida.
A través de Telefónica, concesión del alcalde Julio Labrandero en 1940, esta ya anciana mujer fue la intermediaria entre las comunicaciones de los majariegos. Su cometido: conectar a unos con otros levantando una clavija, algo impensable en la época. “Éramos muchas hermanas y me eligieron a mí. Todavía me acuerdo de los números”, sonríe emocionada. “El 1 era el del ayuntamiento, el 2 el del alcalde Julio Labrandero, el 3 el de Vitoriano Sanz, el 4 el del cura…”.
Hasta el año 76 el servicio no fue automático. En sus inicios solo había 10 números dados de alta en el pueblo, “después ya hubo muchos más abonados”, explica. Entonces, la simple caja con 10 clavijas y una luz con sonido que, como ahora, indicaba que estaba recibiendo una llamada, dio paso a “una (caja) mayor en forma de piano con muchos cajetines, discos para pasar las llamadas y ya se cobraba con Tele Tax, como los taxis”. Los números eran cosa de María, los clientes, desde sus casas, solo disponían de un interfono. “Solo tenían que levantarlo y conectaban conmigo. Yo les pasaba con quien quisieran”, explica.
‘El tío sin sombrero’, ‘el mala gorra’, ‘el vinanes’, ‘el tío sopas’, ‘el rosca’, ‘los pajaritos’, ‘los pelicanos’, ‘los chiles’, ‘los jaranca’, ‘el tío patrón’, ‘el huracán’, ‘los chaínes’, ‘los hortelanos’… son solo algunos de los apodos por los que, como en todos los pueblos, se conocía a los vecinos que comunicaban con María y viceversa. Prudente, reconoce que “he quitado apodos porque había a quienes no les gustaba”. Gracias a su seguro de vida, la memoria, nunca se confundió de clavija… ni de nombre.
Su máxima pena: “La Telefónica se llevó todos los teléfonos”. Pero María, además de en su memoria, los tiene fotografiados en varios álbumes familiares. Al fin y al cabo, ella, junto a sus hermanas y después hijas, han hecho su vida en la casa de Telefónica, rodeadas de teléfonos. Desde entonces, uno fijo, de color blanco, la acompaña en el salón. El ahora número  9 de la Gran Vía, junto al ayuntamiento, lo compró Telefónica, “después pusieron la casa en venta y tuve derecho a ella porque había vivido aquí”, explica como si en un segundo la hubieran pasado años y años por la memoria.
El negocio de Telefónica era cosa de mujeres. “Éramos todas chicas en el teléfono”, explica María. Junto a ella, en el momento de apogeo, varias mujeres más (entre ellas sus hermanas e hijas) se encargaban de que el negocio saliera adelante. “Cuando empezó a venir gente de fuera empezamos a poner avisos”. Se trataba de avisar por escrito y personalmente de una llamada prevista. “Teníamos que ir a casa del señor en cuestión y se lo dejábamos, después teníamos que estar pendientes de la hora para pasarle la llamada”. “También les llevábamos los telegramas a casa”, explica sentada junto al teléfono.
Un trabajo arduo y ahora, más de siete décadas después, reconoce que poco gratificante. “Lo que hemos pasado… Había muchos jaleos, si es ahora no habría estado”, confiesa María, quien recrimina que “tenía que estar a todas horas, de día y de noche”. María trabajaba 24 horas durante 365 días al año por muy poco dinero. “Se portó muy mal la Telefónica, no teníamos fiestas y no pagaban casi nada. Me llamaban de madrugada diciéndome que se había muerto alguien en Madrid y tenía que avisar a los familiares”. No se trata de una anécdota, sino del pan de cada día, incluidas las Nochebuenas, Reyes y festivos. “El día que me casé vino la telefonista de Las Rozas a sustituirme”, recuerda como una de las pocas excepciones en que no tuvo que atender el teléfono.
Desde 1940 ha llovido mucho y ya hemos cambiado de siglo. Si el pasado puede bautizarse como el de la prosperidad, el XXI es el rey de las comunicaciones. Iphone, Blackberry, Skype, Facebook, Twitter… son solo algunos de los soportes para comunicarse hoy en día. Pero a María, mujer de costumbres, no le convencen. “Me ha gustado mucho hablar por teléfono pero no me gusta el móvil porque no quiero que me controlen.  Me gusta el de siempre”, confiesa con una pícara sonrisa mientras mira de reojo al que le acompaña en la mesita del salón.
Entre sus anécdotas, algunas divertidas y otras no tanto. “A María Ángeles le mordió un perro cuando fue a llevar un aviso”, recuerda entre risas. De seguido, como si de un trago amargo se tratara recuerda que “en la cabina de madera (de teléfono) se cayó un cura”. Su casa ha sido testigo de infinidad de conversaciones, pero también de algún suceso digno de comentar por teléfono. “En un encierro un señor francés se puso a hacer fotos, se distrajo, le cogió el toro y le metió por la ventana”…
La vida y casa de María están tan llenas de recuerdos y anécdotas como para llenar el infinito. A través de sus ojos se denota la mujer que fue. Una majariega con carisma de la que todo el pueblo se acuerda.  “¿Eres María? Me reconocen solo por la voz”, confiesa agradecida. Los Labrandero, Bustillo o Montero son solo algunos de los majariegos que en su particular baúl de los recuerdos guardan un huequecito para María, la voz que escucharon durante décadas nada más levantar el teléfono.