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Antonio: el último pastor de Majadahonda Por Elena Rey

Como mucha gente sabe, los orígenes de Majadahonda se remontan a un pueblo de pastores ovejeros que se instalaron en la zona hace varios siglos. Paradójicamente, en la actualidad cada vez son menos las personas que se dedican a la ganadería en la Comunidad de Madrid, y nuestro municipio no es una excepción. Antonio Robledo es el último pastor de Majadahonda, y ésta es su historia.

Unas marcadas arrugas, testigo silencioso de muchos años de experiencia, no consiguen esconder el profundo azul de los ojos de Antonio. Toda una vida en el campo ha curtido su piel y le ha dado una sabiduría que ya muy pocos recuerdan; cosas como distinguir las ovejas macho de las hembras o saber que los perros ovejeros son los únicos que, cuando tienen rabia, se alejan de otros seres para evitar contagiarles y se dejan morir.  Acompañado de estos fieles animales, llamados Grandón y Rubio, Antonio cuida ­de su rebaño de ovejas, un trabajo difícil y sacrificado, pero que no lo cambiaría por nada del mundo. Desafortunadamente, quizá se vea obligado a hacerlo.

 

Hace cinco años, Antonio llegó a Majadahonda junto con su hijo Roberto para hacerse cargo de un nuevo redil de ovejas. Atrás dejaron una granja de más de 600 cabezas de ganado en Cebreros, Ávila, pero a cambio el Ayuntamiento de Majadahonda les cedió gratuitamente las instalaciones, los derechos de pastoreo en el Monte del Pilar, y unas 300 ovejas. Al principio el cambio fue para bien, el Patronato del Monte del Pilar les dio 10.000 euros para restaurar parte de las instalaciones, trabajo que llevaron a cabo Antonio y Roberto con sus propias manos, y pronto se adaptaron a su nuevo hogar en el municipio.

 

Pero el ordenamiento y la gestión del propio Monte del Pilar están acabando con los pastos para las ovejas, lo que obliga a Antonio a alimentarlas con pienso, con el subsiguiente aumento del gasto. “Crear cortafuegos en la parte alta de la montaña es imprescindible para evitar incendios, pero en el monte bajo las ovejas realizan esa labor, e incluso de una manera más eficaz” asegura el pastor. Y son esos cortafuegos en el monte bajo, unidos a los campos que recientemente han comenzado a arar y segar, lo que está acabando con los pastos de las ovejas de Antonio. Y éste no es el único problema al que se han tenido que enfrentar Roberto y su padre, ya que la ganadería es un oficio cada vez menos rentable: en la actualidad un kilo de lana se paga a poco más de 20 céntimos, y una buena oveja da, como máximo, dos kilos al año. “Antes, con la lana se pagaba a los esquiladores y se hacía una fiesta, apunta Antonio, pero ahora esquilar a una sola oveja cuesta unos tres euros, por lo que las cuentas no salen”.

 

Una forma de vida en peligro de extinción


Teniendo en cuenta la difícil situación, hace unos meses Antonio y su hijo se plantearon su futuro. Por lo pronto, Roberto ha decidido trasladarse a Asturias para hacer estudios universitarios y montar un huerto ecológico; pero Antonio se resiste a vender las 60 ovejas que le quedan, de las 300 que inicialmente componían su rebaño. Porque, aunque está jubilado y ya no vive de cuidar el ganado, sólo el pensar en abandonar la que ha sido su forma de vida desde siempre inunda sus ojos de lágrimas y hace temblar su voz. Sería lo mismo que quitarle el mar a un viejo pescador.

 

Pero Antonio no encuentra ninguna solución. Hace sólo unos meses que los responsables de GREFA, el Grupo de Rehabilitación de la Fauna Autóctona, que también están instalados en el Monte del Pilar, le propusieron un convenio de colaboración. Gracias a éste, los niños que visitaban GREFA terminaban el recorrido en las instalaciones de Antonio, donde él les hablaba de las ovejas y de la vida de un ganadero; y a cambio recibía algo de pienso y una pequeña compensación económica, suficiente para mantener a su pequeño rebaño. Pero esta colaboración duró apenas cuatro meses, hasta el pasado abril, cuando GREFA dejó recibir ciertas ayudas y tuvieron que dar prioridad a otros asuntos.

 

Fernando Garcés, Secretario General de GREFA, asegura que la labor de limpieza y mantenimiento que Antonio y sus ovejas están desarrollando  en el monte es encomiable, y que por eso mismo debería ser el Patronato del Monte del Pilar quien le ayudase económicamente, “especialmente cuando la cantidad que Antonio necesita no es muy elevada, y una institución así podría sufragarla sin problema”, concluye Garcés. Por su parte, Leandro Fernández, Gerente del Patronato, muestra su sorpresa cuando hablamos con él sobre los problemas del pastor: “Antonio nunca nos ha comentado nada de la situación por la que está pasando, pero estamos dispuestos a ayudarle como sea. Hablaremos con él lo antes posible para encontrar una solución”. Esperemos que así sea, y que la próxima vez que nos crucemos con Antonio pastoreando a su rebaño por el Monte del Pilar su sonrisa sea la prueba de que en Majadahonda sigue habiendo pastores.