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FECHA DE PUBLICACIÓN: octubre 2011

Catalina vs. Hypatia.

Por Manuel Gesteiro Araujo (Historiador)

Conocí a Hypatia gracias a mi colega Teresa López, catedrática de Filosofía en el Leonardo de Vinci de Majadahonda. Me habló de esta sabia de la antigüedad y, sabedora de mi interés por Catalina de Alejandría, me dijo que había una corriente de opinión, extendida desde el siglo XIX, según la cual todas las cualidades de Hypatia se habían atribuido a la “gran mártir” de los griegos.

En esa época me preocupaban más las posibles relaciones de Catalina con la mitología griega a través de Hécate, la hija de los titanes Perses y Asteria. Fue la película Ágora de Amenábar, la que avivó mis recuerdos y me ha hecho volver sobre estas dos figuras femeninas: una ficticia, Catalina; otra real, Hypatia. Una santa y la otra científica.

 

La historia sucedió en Alejandría (Egipto), una de las muchas ciudades que, con su nombre, fundó el Magno conquistador. El faro, la luz, el saber, todo confluye en esta Iskandariya que constituye uno de los vértices en el triángulo de la sabiduría del Mediterráneo oriental: Alejandría, Atenas y Constantinopla.

Alejandría, que llegó a ser la tercera ciudad más poblada del imperio romano, se construyó sobre un pequeño poblado de pescadores llamado Rakotis. De plano ortogonal o hipodámico, como casi todas las ciudades de colonización, siempre la recordaremos por el Faro, la Biblioteca y el Museo, luz material e intelectual, fue la ciudad de Cleopatra, Euclides, Eratóstenes, Arrio, Nestorio, etc.

Gálvez afirma que Hypatia es una de las figuras más fascinantes de la historia del pensamiento. Hija del matemático y astrónomo Teón, al que superó en conocimientos, nació en el 355 y murió en el 416 aunque estas fechas no son compartidas por muchos autores.

Tenía su propia escuela donde impartía Ontología, Ética, Matemáticas y Astronomía contando con un alumnado de lo más diverso, tanto cristianos como paganos, destacando entre ellos Sinesio de Cirene, que después sería obispo de Ptolemaica y del cual se conservan algunas cartas dirigidas a Hypatia. Todo el que deseaba estudiar filosofía, acudía a Hypatia desde cualquier lugar. Según la Suda (Enciclopedia Bizantina del siglo X) era considerada una importante filósofa, líder de los neoplatónicos Para Gálvez, un matemático no pierde el tiempo con las sandeces de Plotino.

Sobria en el vestir, siempre con el manto de los filósofos, firme en sus convicciones, era considerada un modelo de virtud y sus opiniones eran tenidas en cuenta por los magistrados.

Su asesinato fue considerado como un crimen oprobioso instigado por el patriarca Cirilo y ejecutado por Pedro el lector y sus huestes de parabolanos, auténtico brazo armado del patriarca, quienes la violaron, despedazaron con conchas afiladas, quemaron e incluso dicen que devoraron sus carnes.

La historia de Hypatia se ha reconstruido a partir de fragmentos históricos: las cartas de Sinesio, la historia eclesiástica de Socrátes Escolástico, ambas del siglo V, y la Suda del X.

Verdad y fabulación llevaron a la aparición de la leyenda de Hypatia, embellecida artísticamente y distorsionada por prejuicios según Dzielska. Pero al mismo tiempo, se creó la leyenda de Santa Catalina y, como señala la italiana D. Roero a comienzos del XIX, elementos de la vida de Hypatia se han incorporado a la leyenda de Catalina llegando a afirmarse que la historia del martirio de Catalina fue un invento para contrarrestar la influencia de Hypatia en el mundo clásico. La santa acaba siendo la antítesis cristiana de Hypatia. La máxima síntesis entre Hipatia y Catalina la encontró Myrsilides cuando en 1973 encontró en Laodicia (Asia Menor) las ruinas de una iglesia dedicada a “Santa Hypatia Catalina”.

El culto a Santa Catalina se extendió por el orbe cristiano hasta el siglo XVIII y, salvo lugares concretos en los que se mantiene su culto, patronazgos y universidades, su figura está en retroceso. A Hypatia se la reivindica desde el XVIII con la Ilustración, el romanticismo y el positivismo del XIX e incluso el feminismo del XX. Mientras predomina el saber de salvación: Catalina; cuando resurge el saber racional: Hypatia.

Las historias de Hypatia y Catalina empezaron a confundirse en el siglo VIII, cuando un historiador eclesiástico llamado Eusebio inventó a Catalina y le atribuyó todos los méritos de Hypatia rodeándolos de las cualidades de fe, martirio y milagro que hicieron de ella la santa más poderosa del cielo hasta que, como consecuencia de Concilio Vaticano II, Pablo VI (1969) decidió que debían abandonar el Olimpo cristiano aquellos santos, vírgenes, mártires, etc. de cuya existencia histórica no hubiese suficientes pruebas. Sin embargo, después de la visita de Juan Pablo II al monasterio de Santa Catalina en el Sinaí, donde se custodian las reliquias de la mártir, ha vuelto a estar presente en el santoral, desde 2005, como memoria libre.

McCabe señala que, no sé si con cierta ironía, quizá se haya introducido un principio de reparación por parte de la Iglesia respecto al asesinato de Hypatia, de manera que también se la honra el 25 de noviembre, día de Santa Catalina.

El ¿azar? ha hecho que las hermanas Mirabal fuesen brutalmente asesinadas un 25 de noviembre y, en su honor, esa fecha haya sido declarada “Día universal contra la violencia sobre la mujer”.

De la numerosa bibliografía sobre la sabia alejandrina nos permitimos citar el libro de la católica María Dzielska “Hypatia de Alejandría”, un éxito mundial cuya traducción al castellano ha sido publicada por Siruela en 2005 y que aporta importantes fuentes documentales. El contrapunto se lo pone el antropólogo Pedro Gálvez en “Hypatia. La mujer que amó la ciencia” editada por el Círculo de Lectores en 2009. Gálvez cita una importante bibliografía y recomienda howard@polyarmony.org para profundizar más en el conocimiento del tema.